Parece un siglo desde aquel inicio esperanzador, ilusionante del
Betis de Mel. En el Bernabeú se fue saboreando la dulce derrota,
pues parecía sustentarse en principios sólidos, expuestos sobre el
césped, sin reducirse a teóricos teoremas; poco después en la
uefa (me resisto a llamarla de otra forma) se tambaleaba, y aun así,
pareció asirse a los cimientos que empezaban a cuajar.
Todo sigue condicionado por un handicap insoslayable: Rubén Castro,
principio y final del ataque verdiblanco. No es sólo gol, que
también, es movimiento inteligente con y sin balón, es jugar y
hacer mejores a otros atacantes, a pasadores, es confianza que nutre
y se vuelve vital en el equipo, sobre todo en los tramos de zozobra.
Mel reabre su libreto y recuerda que en el pasado todo se agitaba
hasta el final, quizás creyó que crecer era otra cosa: rotaciones,
pausa, posición, aburrir para arriesgar menos.
Algunos miraban recelosos los cero a cero de este curso en el
luminoso y se resignaban, tal vez era esto madurar, una versión 3.0
que gana solidez pasito a paso. Si no se puede ganar, al menos no
perdamos. Pero ¿será así? ¿O podría ser que sólo se aspire a
ganar en el vértigo? ¿Hasta donde se debe jugar en esa especie de
intercambio de golpes azaroso? Alterna pues el Betis, partidos de
esto y de aquello, de búsqueda del control posicional y de ataques
rápidos y arriesgados.
En la Rosaleda, eso sí, fue excesivo, admitámoslo propios y
extraños. Una vez más pudo resultar cara, pero fue tal el
despropósito defensivo, que a esa ruleta rusa acudieron con alma
suicida.
Una vez más medita Mel qué camino seguir. Hasta ahora, un tramo con
más dudas que nunca, con Europa lastrando decisiones y planes, con
defensa en cuadro, con prisas por sumar, con lo simbólico del
derby
a la vista…
Sobrevivir, Pepe, otra vez sobrevivir.
@davidwences
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