La
barra de un bar, Triana. Estas son las coordenadas básicas de esta
pequeña historia de fútbol.
La
tarde es gris, Septiembre. Una cerveza helada acompañaba mi espera.
Había quedado con un amigo por un asunto de trabajo y se estaba
retrasando. En el bar sólo queda el dueño y un parroquiano que se
dedica a pelar cacahuetes como si se tratase de su cena de hoy. El
bar está repleto de carteles de feria y de semana santa. Al fondo
rompen la rutina estilística de los bares de Triana un par de
cuadros con alineaciones de equipos de fútbol. Ambos cuadros se
encuentran al lado del servicio destartalado y sucio del bar y con la
excusa de ir al baño me acerco a mirar los cuadros.
Son
antiguos. De los años sesenta o setenta. En uno aparece el Betis,
pero un Betis barbilampiño y desconocido. Debe ser el Betis juvenil
de la época porque no conozco a ninguno de los jugadores y se les ve
muy jóvenes.
En el
otro cuadro los jugadores tienen un uniforme que desconozco, debe
tratarse de algún equipo del barrio, de categoría regional. Sin
embargo descubro que en ambas fotografías hay un jugador que
coincide. Un tipo larguirucho y greñudo al estilo de la época.
Recuerda a las hechuras de Cruyff o Neeskens en la mítica Holanda
de los 70.
Vuelvo
a la barra del bar y pido otra cerveza al camarero. No tengo otra
cosa que hacer y me pongo a hojear las páginas del Marca. Mientras
tanto, el dueño del bar inicia una conversación de fútbol con el
parroquiano que casca cacahuetes como si fuese un chimpancé
hambriento.
- ¿
Viste el partido de ayer?.-
- Si,
ganó Osasuna.- dijo el cliente - Pero qué malitos son, que poco
fútbol en las botas. Ganaron de pesados que son corriendo detrás de
la pelota y porque tienen un portero muy bueno.-
- Es
que ya no se juega al fútbol.- afirmó con nostalgia el camarero.
No
pude evitar sonreír, me resultan muy tiernas las cosas que se
cuentan en los bares. Así que mientras esperaba a mi amigo me
dispuse a escucharles.
-
Mucha táctica y mucho salir peinadito en las ruedas de prensa pero
fútbol de verdad no se juega. Recuerdo los viejos tiempos, con los
jugadores esos con clase...-
- ¿Te
acuerdas de Piedrabuena?. Qué pedazo de futbolista.
- No
me voy a acordar...- le contestó Pepe, que así resultó llamarse
el camarero.
Siguen
recordando jugadas de aquel mítico futbolista. Caigo en la cuenta de
que ni siquiera me suena el nombre y por lo que dicen mis compañeros
de barra debió regatear al mismísimo Franco Baresi. No puedo
resistir la curiosidad y les pregunto:
-
Perdonen, ¿quién es ese Piedrabuena?, ¿en qué equipo jugó?.-
Pepe
responde que es el mejor futbolista que nunca jamás vio sobre un
campo y que, por primera vez en Triana, lo que acababa de decir no
era ninguna exageración.
Por lo
que me contaron mis compañeros de barra, a Luis Piedrabuena Martínez
lo retiró del fútbol una patada mal dada en un mal momento de su
vida.
Me
cuenta Pepe que lo conoce desde pequeño. Que era un chico taciturno
y callado al que le gustaba mucho jugar a fútbol. Merodeaba los
campos donde jugaban los mayores para enfrentarse a ellos y aprender
a medir su talento descomunal.
Luis
tenía el viejo vicio de soñar. Creía que entre los sueños y la
dura realidad la única separación era uno mismo, y si se lo
proponía con ganas era capaz de cualquier cosa.
Ese
espíritu fue el que le llevó a intentar fintas imposibles y regates
al límite de los ligamentos. Inteligencia táctica y velocidad de
ratón asustado le hacían llegar al balón mucho antes que sus
rivales y todo ello fue forjando la leyenda de un jugador desgarbado
que era capaz de enfrentarse a cualquier central malencarado.
Se
enroló desde muy pequeño en el Triana C.F y pronto llamó la
atención de los ojeadores del Betis que lo incorporaron a su
escuadra de juveniles.
Su
fútbol radiante consiguió llenar los campos de regional donde
jugaban. Apenas tocaba el balón aquel jugador descarado se hacía el
silencio en la grada. Podía escucharse el toque sutil de Piedrabuena
al balón, cada movimiento, cada regate quedaba registrado por el
sonido del golpeo. Una sinfonía tosca de cuero y tierra.
En
pocos partidos su leyenda se había agrandado hasta que los rumores
hablaban de él como un gigante que había marcado la friolera de 10
goles en un partido. Incluso se corrió el bulo de que fue capaz de
romperle la cadera a un defensa del Antoniano a base de regates.
No era
cierto, las habladurías exageraban, pero si que sus estadísticas
eran de jugador caro y su aportación al equipo fue determinante para
llevarles al derbi chiquito contra el Sevilla Juvenil en clara
situación de ventaja.
-
Aquel día el campo estaba llenito de gente, no podía uno ni pegarse
a la banda para ver de cerca a los jugadores. Y todo el mundo
deseando ver al fenómeno, a ver si era verdad que era tan bueno.-
sigue contando Pepe. Yo era un pipiolo y fui con mi padre que me
cogió y me montó en sus hombros para que no me perdiese un
detalle.-
Pepe
recuerda el día tremendo en que Piedrabuena volvió a demostrar que
sus tobillos admitían un grado de giro mayor que el resto de los
mortales. Que el talento, a veces, puede aparecer en un barrio
cualquiera de una gran ciudad y que la inteligencia no sólo sirve
para cuadrar números sino también
para
ver espacios en el campo que nadie ve.
El
partido fue bronco, tosco. En apenas un par de minutos se había
parado el juego en varias ocasiones. Piedrabuena se había
acostumbrado a que le hicieran falta continuamente, al fin y al cabo
esa suele ser la respuesta de los que digieren mal su impotencia.
A
pesar de ello consiguió zafarse de su marcador en un par de
ocasiones y, en mitad del silencio del respetable, marcar dos
golazos.
Todo
el gentío estaba maravillado por las formas de ese niño, estaban
viendo nacer al nuevo Di Stefano y este era de Triana. Saboreaban
cada jugada como si fuese la última, con la ansiedad esa de esperar
que en ese instante decidiese inventar un nuevo regate.
Sin
embargo el entrenador del Sevilla Juvenil se cansó y metió en el
campo a una bestia parda, un vagón de metro con piel humana que se
fijó como objetivo parar al niñato greñudo y bético que había
tenido a bien marcar dos goles.
Se fue
a por él y le dio tal patada que le levantó un metro y medio del
suelo. El arbitro pitó falta y expulsó al mastodonte. Mientras
tanto, Piedrabuena se queda tendido en el suelo, callado. Todos
pensaban que debía tener la pierna rota por varios sitios, sus
compañeros aguantaban la respiración. No obstante el genio se
levantó del césped poco a poco, se incorporó con gesto de dolor
pero parecía andar bien, no se había roto nada.
Pero
Piedrabuena ya no era el mismo, su gesto no es de dolor sino mas bien
de tristeza. Con la cabeza agachada recogió el balón y arrastrando
una profunda pena se dirigió al vestuario ante el estupor de todo el
estadio.
Pido
otra cerveza helada mientras mi amigo no llega y observo un atisbo de
lágrima en Pepe mientras el otro no para de pelar cacahuetes. Pienso
que esta historia le trae recuerdos de tiempos mejores, y no solo en
esto del fútbol, y que la pequeña lagrimita que asoma es sólo un
poco de nostalgia traicionera.
- ¿ Y
que pasó después ?- Pregunto ansioso a Pepe.
- El
entrenador fue corriendo al vestuario para que volviese al campo. El
sólo le respondió: “si no se puede jugar bien al fútbol es mejor
que no siga jugando”.
Desde
entonces nunca mas se supo de él. Algunas leyendas dicen que estudió
para abogado y que se mudó a Los Remedios, otros que se marchó al
día siguiente porque destinaron a su padre militar al Ferrol. Lo
único que es seguro es que no volvió a pisar un campo de fútbol y
que si no se puede jugar bien a fútbol es mejor no seguir jugando...