Los
hechos que acontecen a lo largo de la vida se suelen convertir en
historia cuando se dan dos componentes:
Que sea
tratado como histórico y por otro lado que haya transcurrido un
cierto tiempo.
Mal que
me pese ya han transcurrido 15 años desde 1999 y el tener recuerdos
nítidos de aquel año me convierte, como mínimo, en un tipo adulto.
El paso
del tiempo no sólo le da a uno experiencia, o achaques variados sino
que también te permite distinguir más claramente lo que es
importante de lo que no.
De Mayo
de 1999 acude a mi memoria un hecho que me marcó poderosamente. Un
acontecimiento que por su importancia simbólica debe ser tratado
como histórico, la final de Champions League de 1999.
Se
disputó en el Camp Nou, por aquel entonces feudo de un club que no
asustaba a nadie en Europa. Por ello la final la disputaban dos
grandes de Europa pero ninguno de ellos era español.
El Bayern
de Múnich de Mathaus y Efenberg frente al Manchester de Giggs y
Beckham.
Ambos
eran equipazos, con jugadores de relumbrón que habían hecho un
campeonato impecable eliminando a escuadras como la Juventus o el
Inter, incluso a un desconocido Dinamo de Kiev comandado por un tal
Shevchenko.
Llegaron
a la final con las fuerzas igualadas, sólo un detalle determinaba el
favoritismo. Se habían enfrentado en la fase de grupos y el Bayern
había quedado líder.
Aquella
tarde muchas esperanzas estaban en vilo. Dos naciones enfrentaban a
sus mejores equipos en la máxima competición. Dos aficiones con los
nervios a flor de piel deseando celebrar la victoria de su equipo.
El
árbitro dio comienzo al encuentro y apenas cinco minutos más tarde
Basler marcaba un gol de falta. El partido iba a ser para los
germanos, no quedaba duda. El Bayern se había mostrado intratable en
el manejo del centro del campo y la defensa.
Me
revuelvo en mi silla, va a ser un tostón de partido mientras vemos a
los alemanes ganar una copa de Europa. Sin embargo, por alguna
extraña razón no dejo de verlo.
En el
minuto 84 Jancker lanza un balón a la madera. Todo parece visto para
sentencia, el conjunto bávaro controla el partido y los ingleses
sólo pueden verse forzados a atacar a la desesperada.
El
fatídico minuto noventa llega. Colinna, el árbitro, decide alargar
durante tres minutos más el partido. Es prácticamente una cifra al
azar pero será determinante.
Unos
segundos más tarde Sheringham engancha un balón suelto en el área
y marca, corre el minuto noventa y uno.
No puedo
creerlo, habrá prórroga. La final se pone interesante porque un
puñado de ingleses vestidos de rojo ha decidido que, a veces, los
sueños pueden hacerse realidad aunque sea en el último momento.
Llega la
siguiente jugada Beckham se dispone a centrar en un córner con todo
el equipo en el área. Alguien le da de cabeza en el primer palo y un
aniñado danés llamado Solskjaer mete el pie para batir a Oliver
Kahn.
El
estadio se viene abajo, nadie puede creer que el mundo se pueda
cambiar en apenas un par de minutos. Mientras, en mi casa, sigo con
la boca abierta.
El
árbitro no sabe si continuar o no. Los jugadores del Bayern están
perplejos, Mathaus no puede creerlo, el durísimo Kahn se arrastra
por los suelos.
En mitad
de la euforia mi mirada se detiene en un defensa central alemán
grande y fuerte, se llama Kuffour, está llorando sobre el templado
césped del Camp Nou, como si fuera un niño que lo ha perdido todo.
Sentí
una enorme compasión por aquel hombre de color enorme que se había
empequeñecido tanto en aquellos dos minutos de abismo. Pensé en lo
duro que debe ser perder un título de esa manera.
Han
pasado, como digo, unos años. Ahora pienso en aquel partido como un
ejemplo. Me gustaría que mis hijos vivieran ese ejemplo para
demostrarles dos cosas:
- Que se debe tener compasión por aquel que ha caído derrotado de una manera tan dura.
- Que cuando se tiene fe y se cree en los sueños se puede ganar una copa de Europa en dos minutos.
@marianodiazsan
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