viernes, 21 de marzo de 2014

Final 1999


Los hechos que acontecen a lo largo de la vida se suelen convertir en historia cuando se dan dos componentes:
Que sea tratado como histórico y por otro lado que haya transcurrido un cierto tiempo.
Mal que me pese ya han transcurrido 15 años desde 1999 y el tener recuerdos nítidos de aquel año me convierte, como mínimo, en un tipo adulto.
El paso del tiempo no sólo le da a uno experiencia, o achaques variados sino que también te permite distinguir más claramente lo que es importante de lo que no.


De Mayo de 1999 acude a mi memoria un hecho que me marcó poderosamente. Un acontecimiento que por su importancia simbólica debe ser tratado como histórico, la final de Champions League de 1999.
Se disputó en el Camp Nou, por aquel entonces feudo de un club que no asustaba a nadie en Europa. Por ello la final la disputaban dos grandes de Europa pero ninguno de ellos era español.
El Bayern de Múnich de Mathaus y Efenberg frente al Manchester de Giggs y Beckham.
Ambos eran equipazos, con jugadores de relumbrón que habían hecho un campeonato impecable eliminando a escuadras como la Juventus o el Inter, incluso a un desconocido Dinamo de Kiev comandado por un tal Shevchenko.
Llegaron a la final con las fuerzas igualadas, sólo un detalle determinaba el favoritismo. Se habían enfrentado en la fase de grupos y el Bayern había quedado líder.


Aquella tarde muchas esperanzas estaban en vilo. Dos naciones enfrentaban a sus mejores equipos en la máxima competición. Dos aficiones con los nervios a flor de piel deseando celebrar la victoria de su equipo.
El árbitro dio comienzo al encuentro y apenas cinco minutos más tarde Basler marcaba un gol de falta. El partido iba a ser para los germanos, no quedaba duda. El Bayern se había mostrado intratable en el manejo del centro del campo y la defensa.
Me revuelvo en mi silla, va a ser un tostón de partido mientras vemos a los alemanes ganar una copa de Europa. Sin embargo, por alguna extraña razón no dejo de verlo.
En el minuto 84 Jancker lanza un balón a la madera. Todo parece visto para sentencia, el conjunto bávaro controla el partido y los ingleses sólo pueden verse forzados a atacar a la desesperada.
El fatídico minuto noventa llega. Colinna, el árbitro, decide alargar durante tres minutos más el partido. Es prácticamente una cifra al azar pero será determinante.
Unos segundos más tarde Sheringham engancha un balón suelto en el área y marca, corre el minuto noventa y uno.
No puedo creerlo, habrá prórroga. La final se pone interesante porque un puñado de ingleses vestidos de rojo ha decidido que, a veces, los sueños pueden hacerse realidad aunque sea en el último momento.
Llega la siguiente jugada Beckham se dispone a centrar en un córner con todo el equipo en el área. Alguien le da de cabeza en el primer palo y un aniñado danés llamado Solskjaer mete el pie para batir a Oliver Kahn.
El estadio se viene abajo, nadie puede creer que el mundo se pueda cambiar en apenas un par de minutos. Mientras, en mi casa, sigo con la boca abierta.
El árbitro no sabe si continuar o no. Los jugadores del Bayern están perplejos, Mathaus no puede creerlo, el durísimo Kahn se arrastra por los suelos.
En mitad de la euforia mi mirada se detiene en un defensa central alemán grande y fuerte, se llama Kuffour, está llorando sobre el templado césped del Camp Nou, como si fuera un niño que lo ha perdido todo.
Sentí una enorme compasión por aquel hombre de color enorme que se había empequeñecido tanto en aquellos dos minutos de abismo. Pensé en lo duro que debe ser perder un título de esa manera.


Han pasado, como digo, unos años. Ahora pienso en aquel partido como un ejemplo. Me gustaría que mis hijos vivieran ese ejemplo para demostrarles dos cosas:
  • Que se debe tener compasión por aquel que ha caído derrotado de una manera tan dura.
  • Que cuando se tiene fe y se cree en los sueños se puede ganar una copa de Europa en dos minutos.


@marianodiazsan

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