A lo
largo de la historia (en el sentido ancho de la palabra) se ha usado
al deporte como un importante medio de propaganda. La victoria, sobre
todo en las mentes guerreras, se concebía como un modo de demostrar
la superioridad de un país sobre otro, de una raza sobre otra o de
una persona sobre su rival.
El
fútbol nunca pudo escapar a este hecho tan vinculado al resto de
deportes. De hecho su modernidad (apenas tiene siglo y medio de vida)
y su carácter masivo le ha permitido generar mucho interés en el
ámbito político. Desde principios de siglo se puede hablar de
múltiples casos de irrupción de la política en el fútbol. Como un
elefante mirando que comprar en una cacharrería, los poderes
estatales han intentado comprar las voluntades de futbolistas,
árbitros y federaciones con el objetivo de ganar partidos que
acallaran las críticas.
Es
cierto que en la mayoría de los casos este fenómeno se lo debemos a
los regímenes dictatoriales. Países que están gobernados de forma
unilateral por un hombre que toma las decisiones según su criterio.
Franco,
Mussolini o Hitler no fueron amantes del fútbol pero si del efecto
que generaba en las masas. Por ello no dudaron en amañar partidos en
competiciones internacionales, nacionalizar a jugadores de calidad
nacidos en otros países o amenazar directamente a los rivales con
fusilarlos si no se dejaban vencer.
Sin
embargo estos son otros tiempos. Todos distinguimos claramente una
dictadura de una democracia y somos capaces de determinar lo que está
bien y lo que no... hasta que llega el dinero y lo confunde todo.
Hoy os
quiero hablar de uno de esos partidos de fútbol de la vergüenza. Un
encuentro que nunca debió disputarse.
Corre
el mes de mayo de 2011 en Grozni, la ignota capital de una región
llamada Chechenia. Maradona, Baresi, Figo y otras viejas glorias del
fútbol se bajan de un avión en el aeropuerto de la ciudad y se
disponen a disputar un encuentro de fútbol para inaugurar el nuevo
estadio de la ciudad.
Hasta
ahí todo tiene una lógica aplastante. Una fiesta de fútbol que
sirve para poner en el mapa a la ciudad de Grozni.
Se
enfrentaran a un equipo local formado por ex-futbolistas soviéticos
y jugadores locales. Al frente de ese equipo estará el presidente de
la pequeña región, un tal Ramzan Kadyrov, actuará como delantero
centro.
El
presidente checheno es conocido por poseer una inmensa fortuna y un
ejército privado que usa para vengarse de los rivales políticos y
de su pueblo en general. Ha sido denunciado en numerosas ocasiones
por abuso de poder y por no respetar los derechos humanos. Lleva en
el gobierno desde 2007 donde llegó a través de unas elecciones
amañadas.
Imaginen
el poder omnímodo que gestiona que el nombre del nuevo estadio será
el de su padre Akhmad Kadyrov Arena.
El gobierno checheno es una de esas
dictaduras encubiertas que proliferan a la sombra de Putin en las
regiones caucásicas. Al frente de los mismos hay tipos sin
escrúpulos capaces de ver como su pueblo muere de hambre y gastarse
254 millones de euros en construir un estadio con el único objetivo
de jugar con sus ídolos un partido amistoso.
Las risas de las estrellas que se
prestan al bochornoso espectáculo de ver a un rollizo presidente
peleándole la pelota a Luis Figo salen caras al estado checheno. En
torno a 100.000 euros se pagará a cada vieja gloria que participa en
el encuentro.
De nuevo la política sobre el
deporte. De nuevo el lamentable espectáculo de ver a futbolistas
(retirados o no) arrastrándose por un puñado de monedas. Y de nuevo
los tiranos envileciendo este deporte con su tiranías, como si
después de tantos años no hubieran entendido que este deporte no es
de ellos, que por mucho que quieran el fútbol es para los que lo
aman no para los que lo usan para demostrar superioridades.

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