Encontré
al Trinche Carlovich tripudo, con la cara ancha y colorado como un
tomate. Sentado en una triste silla de madera atendía con una
pequeña sonrisa a mis preguntas. De vez en cuando daba un sorbo de
una cerveza helada que le trajo el dueño del local. Me respondía
como si estuviese hablando de la vida de otro.
Tomás
Felipe Carlovich es hijo de unos emigrados yugoslavos que llegaron a
la Argentina tras la tremenda crisis del 29. Nació en 1949 en
Rosario, una ciudad dura en aquellos tiempos difíciles . Tenía seis
hermanos más y un hambre constante que mataba a base de pelota. Aquel
era un jugador potrero, de los que tienen tierra en los bolsillos.
Poco a
poco, partido a partido, fue creciendo su leyenda. El mito de un
chico desgarbado de procedencia indeterminada del que Pekerman y
Maradona han llegado a decir que fué el mejor futbolista argentino
de la historia, y eso es mucho decir.
Sin
embargo Carlovich, medio cuento, medio verdad, no era capaz de
mantener una disciplina. Solía llegar tarde a los entrenos y , según
dicen, gustaba mas de ir a pescar que practicar con sus compañeros.
Su
timidez, su silencio elegido, fueron capaces de agrandar la figura de
este futbolista elegido por el fútbol para convertirse en una
estrella.
A
pesar de las muchas, grandes y ciertas historias que se cuentan sobre
él, nunca llegó a jugar en un grande y apenas disputó partidos en
la primera división argentina. Se quedó en Central Córdoba, un
equipo pequeño donde se supo apreciar mejor su fútbol de zurda y
talento parado.
Vivió
una época extraña en el balompié argentino. Los equipos comenzaron
a apostar por el físico. Los fisios se hicieron con el
control de los entrenamientos y no querían a un jugador
indisciplinado y lento como el Trinche.
A
pesar de una carrera con altibajos, a pesar de no ganar grandes
sueldos, Carlovich siempre tuvo el respeto del mundo futbolístico y
el cariño de las aficiones que llenaban los estadios para verle
jugar. Hasta un día de 1974 en que la vida le dió la oportunidad de
vengarse del fútbol profesional.
La
selección de Argentina se preparaba para el mundial del 74, por ello
decidió hacer una gira por el pais para enfrentarse a distintos
equipos. Llegó a la ciudad de Rosario donde disputaría un encuentro
contra un equipo formado por los mejores jugadores de la ciudad.
Entre ellos, por supuesto, estaba Trinche Carlovich aunque en ese
momento estuviera jugando en segunda.
Pitido
inicial. Comienza un baile de jugadas gloriosas con Carlovich como
director de orquesta. Un pase, una asistencia, un regate tras otro y
llama la atención del seleccionador argentino que preguntaba por ese
numero 5 que venía de segunda y les estaba rompiendo en dos.
Los
rosarinos dieron un baño tremendo a aquella selección y terminaron
ganando por 3 a 1. Ya tenía el Trinche su pequeña venganza vital.
Sin
embargo, los años pasaron. Carlovich pasó por un par de equipos mas
y se despidió el año 1986 del fútbol con 37 años.
A
pesar del mito, ahora Tomás Felipe Carlovich camina con torpeza,
acaba de salir de una operación de cadera que le ha dejado cojo. Es
consciente de que no volverá a tocar una pelota de fútbol ni para
jugar con sus nietos. Cuando le pregunto por aquello de que prefería
pescar a entrenar lo desmiente, pero lo desmiente muy bajito, como si
no estuviera muy convencido.
- ¿
Qué darías, Trinche, por volver a tener 20 años?- le pregunto.
De
repente está roto. Se le humedecen los ojos, se pone un poco mas
colorado y con la voz destruida me dice:
-
Todo, lo daría todo.-
Se
levanta de la silla con lágrimas en los ojos y se marcha de la sala
quizá pensando en las 30000 personas que corearon su nombre el día
que un equipo de rosarinos greñudos venció a Argentina capitaneados
por un tipo al que le gustaba mas jugar a fútbol que ser un
profesional del fútbol.
@marianodiazsan

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