jueves, 12 de diciembre de 2013

A los entrenadores no les gustan los lunes

Cuando el equipo pierde las caras se contraen. El gesto queda tenso y surge el mal hábito de la rabia y el vicio de la decepción. Los jugadores se sientan en el vestuario cansados, gastados por el esfuerzo físico inútil.
Ante la impotencia de la derrota las palabras rara vez resuelven nada. Los discursos de ánimo o las broncas monumentales sólo sirven para llenar el vestuario de ruido.
Todos clavan la mirada en el suelo y tuercen el gesto ante la insistencia del asistente para que comiencen a ducharse. Se les viene a la cabeza la cara de los aficionados, de sus familiares después de perder por enésima. Cada derrota les aleja de los objetivos de la temporada, pero sobre todo, cada derrota les aleja de ellos mismos.

La decepción en el fútbol ,como en la vida, resulta difícil de digerir. Nunca nadie está lo suficientemente preparado como para convivir con el hecho de que las cosas no salgan como estaban previstas.
Los pensamientos se agolpan y la sangre te sube a la cabeza golpeando las sienes. No obstante, y siendo efectivamente cobardes, los jugadores pueden escudarse en que son multitud, y la multitud diluye las culpas. Pero, ¿y el entrenador?

Imagino a los entrenadores como una raza de hombres solos en la derrota. Rumiando sus errores y buscando en una sabiduría anterior la solución a sus problemas tácticos. Esperando al lunes, temiendo al lunes.
Los entrenadores que han perdido sus partidos despiertan los lunes con la extraña tensión del deshauciado. Miran con reparo el reloj esperando la hora de la reunión del consejo de administración, revisan con cuidado las palabras por si son despedidos para que el equipo pueda volver a empezar de nuevo.
Asumen estoicamente la presencia de los lunes en el calendario, porque si pasan esas 24 horas fatídicas tras la derrota quizá puedan contar que entrenaron una jornada más, que sobrevivieron a otro lunes.

@marianodiazsan

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