Cuando
el equipo pierde las caras se contraen. El gesto queda tenso y surge
el mal hábito de la rabia y el vicio de la decepción. Los jugadores
se sientan en el vestuario cansados, gastados por el esfuerzo físico
inútil.
Ante
la impotencia de la derrota las palabras rara vez resuelven nada. Los
discursos de ánimo o las broncas monumentales sólo sirven para
llenar el vestuario de ruido.
Todos
clavan la mirada en el suelo y tuercen el gesto ante la insistencia
del asistente para que comiencen a ducharse. Se les viene a la cabeza
la cara de los aficionados, de sus familiares después de perder por
enésima. Cada derrota les aleja de los objetivos de la temporada,
pero sobre todo, cada derrota les aleja de ellos mismos.
La
decepción en el fútbol ,como en la vida, resulta difícil de
digerir. Nunca nadie está lo suficientemente preparado como para
convivir con el hecho de que las cosas no salgan como estaban
previstas.
Los
pensamientos se agolpan y la sangre te sube a la cabeza golpeando las
sienes. No obstante, y siendo efectivamente cobardes, los jugadores
pueden escudarse en que son multitud, y la multitud diluye las
culpas. Pero, ¿y el entrenador?
Imagino
a los entrenadores como una raza de hombres solos en la derrota.
Rumiando sus errores y buscando en una sabiduría anterior la
solución a sus problemas tácticos. Esperando al lunes, temiendo al
lunes.
Los
entrenadores que han perdido sus partidos despiertan los lunes con la
extraña tensión del deshauciado. Miran con reparo el reloj
esperando la hora de la reunión del consejo de administración,
revisan con cuidado las palabras por si son despedidos para que el
equipo pueda volver a empezar de nuevo.
Asumen
estoicamente la presencia de los lunes en el calendario, porque si
pasan esas 24 horas fatídicas tras la derrota quizá puedan contar
que entrenaron una jornada más, que sobrevivieron a otro lunes.
@marianodiazsan
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