Hay una fama todavía poco explicada que acompaña a la figura de José Mourinho,aquella de dejar tierra quemada en los clubes por donde pasa, como si no hubiera más que oscuridad después de la luz que emana de sus éxitos.
Lo más duro lo viviría Rafa Benítez, al comprobar cómo aquel Inter del triplete no se sostenía en pie sobre el césped. Completamente vacíos, los jugadores interistas parecían pedir un curso de excedencia después de la extenuación de la anterior campaña.
Quizás no sea una cuestión de nombres, más bien de grados de exigencia. Me sitúo entre los que creen que Guardiola abandonó can Barça porque ya no lograba que los suyos jugaran en el Alfonso Pérez igual de motivados que en San Siro. Porque aquel nivel de concentración, de perfección, requería una insistencia de dureza indescriptible, el constante martilleo para no regodearse ante el espejo, aquello sería la clave de tanto éxito.
En el Real Madrid de Mou se contagiaba incluso al entorno, al público, a los medios y era tal el grado de exigencia, de agitación, de tensión en la que se vivían los partidos de la mano del técnico luso, que hoy parecen alumnos que después del duro examen, se ven avocados a la relajación, moderada si quieren, pero inevitable. Sabíamos, los que estudiábamos, que teníamos que seguir, pero durante un tiempo nos dejábamos ir, confiábamos en los apuntes para retomar el hilo.
El Atlético vive ahora en ese punto alto, porque es cierto que todos los entrenadores insisten en que se viva el partido del momento como el último, pero el Cholo lo ha conseguido.
Jugadores de Barça y RM siguen sintiendo que quieren competir, pero piensan que no tienen que ser perfectos, para nosotros, es un desencanto, para ellos, un respiro.
@davidwences
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