Corría
el minuto 62 en el estadio del Levante. El Madrid se daba una y otra
vez contra el orden y la higiene táctica del equipo de Caparrós.
Gol de Nabil El Zhar. De nuevo el madridismo se remueve en el sillón
y siente ese escalofrío de la derrota.
Los
jugadores del Madrid como un torrente intentan resolver la situación,
disparan desde cualquier sitio, centran balones para que los remate
el que sea. Ancelotti empieza a mover el banquillo, no puede
imaginarse la semana que le espera si pierde este partido.
El
mundo sigue girando. Mientras tanto Benzema mira todo lo que pasa a
su alrededor como si le quedase grande. Llega el minuto 62 y Sergio
Ramos cargado de rabia dispara a puerta, Karim no sabe dónde
esconderse y el balón le golpea en el pecho y sale desviado. Ha
acabado siendo el mejor defensor del Levante.
Benzema
vuelve a mirar a su alrededor, sabe que ese momento puede cambiar
para siempre su relación con el Real Madrid, encima Morata marca e
inicia la remontada. Ve el tiempo pasando más despacio, siendo
consciente de todas las miradas que se clavan en su nuca. El Madrid,
esa máquina devoradora de estrellas de fútbol, ha sido estorbado
por uno de sus jugadores.
Florentino
Pérez en la grada mastica su rabia. Es la última que le perdona a
su ojito derecho, a su niño de barrio con sonrisa inocente. Estuvo
dispuesto a deshacerse de todos los delanteros puros del Madrid con
el objetivo de convertirlo en el máximo goleador de España al coste
que fuese. Sin embargo ahora queda un guiñapo de ese jugador de
desparpajo y frescura, el próximo verano está fuera.
En el
campo Benzema no sabe qué hacer, pide con la mirada un cambio.
Mientras tanto, para no estorbar otra vez, se vuelca a la banda y
deja a sus compañeros ganar el partido. Sabe que ha sentenciado su
carrera en el Madrid, es consciente de que estorba, no sólo en el
partido frente al Levante sino también en el vestuario blanco.
@marianodiazsan
No hay comentarios:
Publicar un comentario